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Por: Jessica Campos

Suena curioso reconocer que en los últimos años hemos dejado a un lado una de las prácticas que tiene mayor peso cuando estamos frente a otros. Es inevitable ir de la mano con la tecnología, pero debemos admitir que ha sido una de las responsables en cambiar nuestras opciones cuando de comunicación se trata.

Soy fiel seguidora de volver a esa parte de la historia donde un manuscrito valía mil palabras. Tal vez por el hecho de relacionar el tipo de letra con su autor, o quizás ese toque de imaginación que nos tocaba realizar para ubicar mentalmente el mejor emoticon adaptado al contenido. Era indiscutible admirar cómo las palabras fluían cuando se tenía inspiración, y cómo el tiempo asumía presión obligando a dejar todo dicho en el momento. Pero no quiero desviarlos, guardaré este tema para otro post, mi enfoque por ahora está basado en lo que menciono a continuación.

No estoy en contra de la cartera de dispositivos que permiten acercarnos a aquellos que están donde los brazos no alcanzan. Sólo voy en pro de recuperar esos gestos que solíamos realizar cuando alguien se acercaba a nosotros para exponer su opinión. Esa señal simple, sencilla, y sin costo alguno que ofrecíamos a quién tenía al mando el alza en la voz; una práctica única, universal, resumida en cuatro palabras: Mirar a los ojos.

Desde pequeños nos invitan a mentalizar las famosas normas del buen oyente. Sin embargo, aquella que indica “mirar al hablante” ha sido la más afectada por los siguientes tres detonantes, que siendo aún nuevos, escogí mencionarlos por antigüedad: WhatsApp , Instagram & Snapchat. Algunos afirman que es culpa de las aplicaciones en nuestros dispositivos y sus notificaciones lo que hace que nos tente a desviar la atención con frecuencia. Tal vez sea cierto, pero la palabra culpa es muy fuerte para ser usada en cualquier contexto y la decisión a desviar miradas, créanme, está en nuestras manos. Una vez más vuelvo a asegurar que no estoy en contra de la tecnología, es sólo una referencia para afirmar su parte corresponsable en la pérdida de la práctica mencionada en el párrafo anterior.

Hace un par de años pude evidenciar de cerca eso que dicen de la famosa Gioconda de Da Vinci, quien ofrece su mirada desde cualquier lugar que tomes frente a ella. Y sí, como todo turista en el lugar caminé de lado a lado mirando fijamente hasta comprobar lo descrito. Quizás pudiéramos tomar su ejemplo, aplicando su técnica a cada uno de aquellos que nos ofrece su diálogo. Sin importar el tiempo transcurrido, podemos estar allí como ella, atentos en un encuentro de miradas, bueno tal vez exceptuando su postura rígida y su extraña sonrisa.

Con lo descrito hasta ahora, pido disculpas si remontarse a épocas anteriores o retratos plasmados en grandes museos nos hace menos original. Sólo soy su fan, y el objetivo de esta lectura es dejarles mi propuesta que va en miras de darle la mejor bienvenida a ese alguien que se acerca a nuestro lado. La comparto.

Si está a nuestra derecha, giramos en esa dirección y ubicamos mirada.

Si está a nuestra izquierda, giramos en esa dirección y ubicamos mirada.

Si está en frente, sólo ubicamos mirada.

Un toque de atención plena,

Y sonreímos.

Que tu aporte nos permita sumar miradas que valen. Por mi parte, puedes asegurar que la tienes desde el momento que iniciaste tu lectura. Sigo aquí atenta, y por supuesto sonriendo.

Respira y vive

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Por: Jessica Campos

Una iluminada y resplandeciente Torre Eiffel a las 19.00 hora local; una brisa fría y suave con mirada a un dinámico Río Sena; una vista amplia con atención plena a la Plaza de los Artistas en Montmartre. Tres momentos de conexión con la ciudad del amor París, Francia.

Cuando se trata de conocer nuevos destinos, he contado con esos llamados momentos de conexión. En mi opinión, ocurren para darte la bienvenida a ese lugar desconocido, para mostrarte el más amplio panorama, sus colores, sus olores, su esencia, su clima, su personalidad.

En ese orden ocurrieron. Luego de una extensa semana en la colorida Madrid, era hora de conocer la ciudad protagonista de Europa entera. Gris, pretensiosa y con un tanto de misterio fue mi primera impresión de ella. Iniciamos recorrido hacia el histórico Arc de Triomphe a través de sus calles amplias y concurridas, y por algún motivo desconocido, mi atención aún no era captada por esta ciudad, como resultado de ello mis primeras imágenes fueron etiquetadas con un “Bored in Paris”.

Retornamos por el mismo camino para dirigirnos al siguiente destino, no sin antes detenernos en la entrada del túnel que dio el último Adiós a la Princesa de Gales LadyDi, oscuro, estrecho y rodeado de flores en representación del amor que aún fluye. Minutos más tarde, estaba allí, exactamente como la describe cualquier website de turismo. Firme, con una textura sólida y un color que representa su fuerza, ubicada estratégicamente para ser captada desde cualquier espacio, La tour Eiffel. Escogimos una crepe de nutella propia de aquel lugar y nos dispusimos a esperar con ansias el evento en el que todos afirmaban que esta torre sería capaz de iluminar la ciudad entera. Así fue, a las 19.00 hora local, ella da la bienvenida a la noche, única en su espectáculo, capaz de cautivar todas las miradas y más de un corazón. Con sólo mirarla, se obtiene ese sentimiento del que hablaba varios posts atrás, felicidad; y por supuesto se comprende cuando me refería que el mundo se detiene, sin parar. Primer momento de conexión.

Toda la ciudad es transitable, cada rincón es merecedor de ser descubierto. Tomamos un extenso camino para llegar a la Cathédrale Notre Dame, haciendo parada en uno de los puentes peatonales. Concurrido por la abundancia de turistas tratando de captar sus recuerdos, logré abrir espacio para disfrutar de esa vista. De inmediato, todo tornó de manera lenta, sin voces ni distracciones, sólo una brisa fría y suave, y un dinámico Río Sena. Es así como esta ciudad me estaba brindando un segundo momento de conexión.

He aquí la explicación del título de este post. Finalizando el recorrido por la colina de Montmartre, aún con una imagen mental de Paris en forma panorámica, captada desde la Basilique du Sacré-Coeur, elegimos un descanso frente a la Place du Tertre. Ordenamos esta vez una crepe clásica, sólo miel, y en mi intento por seleccionar una bebida que no interfiriera este sabor, lo dejé en manos de la sugerencia del día: un Apple Mojito, por favor. Ya ubicada frente a esta admirable plaza, descubriendo lentamente cada uno de los actores que hacían de esta bebida una mezcla explosiva de sabores, con atención plena a esos artistas que tienen el don de dar vida en un lienzo a todo aquello que es captado por sus ojos, fue como obtuve mi tercer momento de conexión. Gracias, París.

Finalmente, toda mi atención fue captada, no hubo etiquetas que describieran lo vivido, las imágenes hablaron por sí solas. Sin duda alguna, un lugar mágico, con un deseo de volver como único souvenir.

Permite que tu próximo destino a conocer sea el responsable de darte la bienvenida, disfruta tus momentos de conexión, son ellos quienes tienen preparado los secretos de esos lugares, las imágenes que sólo tu mirada podrá captar y al final, son los que aseguran tu próximo boleto.

Respira y vive.